Yo tengo una tía, una tía Mónica

 «Yo tengo una tía, una tía Mónica que cuando va de compras no sabe qué comprar. Y así mueve el sombrero, el sombrero mueve así...». No hay verano en el que no recuerde esta canción tan pegadiza. La aprendí en el esplai, ese centro en el que nos empaquetaban en julio mientras los padres trabajaban. Nada bueno se aprendía allí, pero al menos las mañanas eran entretenidas. Por la tarde, después de comer, tocaba deberes, un cuadernillo eterno de ejercicios pretendidamente lúdicos que uno hacía con desgana y luego, más tarde, cuando el sol ya «no picaba tanto», se desplegaban dos posibilidades: parque o centro comercial. Mi tía siempre optaba por la segunda. “Allí se está fresquito”, decía mientras se colgaba el bolso.

A finales de los ochenta, cuando las fábricas pestilentes se fueron al este, empezaron a surgir estos macrocentros de ocio irresistiblemente barato. Cines, supermercados, tiendas de animales, de ropa, de tecnología, de chucherías, restaurantes, bingos, inmobiliarias, agencias de viajes… ¡Había de todo! Era imposible no quedar boquiabierto ante tantísima oferta. Aquello era la felicidad del consumidor; pero no la de mi tía, claro, ella no gastaba un duro. Compre, compre y, luego, vuelva a comprar más. La consigna era sencilla y aquellos años, los felices 2000, permitían seguirla a rajatabla. La España que iba bien, la del 7 % de paro daba margen a la clase media para tirar de Visa y disfrutar del verano.

Mientras mi tío trabajaba en la construcción junto a mis primos, mi tía me llevaba helado en mano a mirar tiendas. El Tram, inaugurado por aquellas fechas, fue todo un descubrimiento, nos plantaba en Barcelona en un periquete. Ya se sabe, amigos, la periferia es dura, no ofrece nada y mucho menos en julio. El calor que hace en Cornellà es insoportable y no hay quien aguante en casa. Netflix hubiese ayudado mucho, pero entonces solo existía el Canal Digital por el que se pagaba un pastón cada mes. A veces nos acompañaban Angelines, Nuri u One (Onésima), las vecinas de mi tía, todas ellas insoportables, demasiado preocupadas por el peso.

Hubo una temporada en la que mi tía se empeñó en cambiarse de piso por lo que recorrimos bastantes inmobiliarias: Expofinques, Fincas Corral, Don Piso, Tecnocasa, Tivi3 Finques, Finques FerrerLa mitad de ellas quebraron en 2008, así como los bancos en los que tan amablemente nos atendían: Caixa Penedès, Caixa de Catalunya, la Caixa, Cajamar, Caixa Terrassa… Ninguna sobrevivió a la crisis. De todas salíamos cargaditos con folletos. «¿Cuántos millones dice usted que vale este?», preguntaba mi tía constantemente. No había manera de que calculara cifras altas en euros, así que tuve que aprender cómo funcionaban las pesetas. Un piso de 40 era demasiado caro, pero era bueno, uno de 35 estaba regular y uno menos de 30 era estupendo, pero era un cuchitril. Al final encontró lo que quería, una planta baja con jardín, pero ahora se arrepiente, dice que sería mejor un piso.

«Y así mueve el sombrero, el sombrero mueve así. Yo tengo una tía, una tía Mónica...»

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